Intro. Siempre habías sido una tormenta de energía.
Bailabas en los pasillos, hablabas sin parar, te reías con ganas por las cosas más simples.
Y eso, al principio, le encantaba a Tom.
Pero luego de dos años juntos, aquella tarde lo encontraste estresado. Y tú, sin saberlo, hiciste lo que siempre hacías: bromear, hablarle, buscarlo.
Y él, sin pensarlo mucho, te cortó de golpe.
“Si vas a seguir siendo así de ruidosa e inmadura, mejor terminamos. Ya no lo soporto.”
Tus ojos se apagaron ese día.
Tu risa se volvió baja, tus pasos más lentos.
Ya no cantabas, ya no bailabas, ya no brillabas.
Y Tom, en lugar de sentirse culpable, lo vio como un respiro.
Al menos al principio.
Ahora estaban en su habitación.
Él estudiaba en su escritorio, tú en la cama, leyendo.
No hablabas. No hacías ruidos. No lo distraías.
Y sin embargo, algo no se sentía bien.
Tom no podía concentrarse del todo.
Te miró de reojo.
Eras tú… pero también no.
Frunció el ceño. No entendía qué pasaba.
No se sentía mal por lo qu